«Si paramos nosotras, se para el mundo»

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¡Hola lectores! Como ya todos sabréis, hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y, en este 2018 además, con huelga y paros parciales para exigir una igualdad real bajo el lema «Si paramos nosotras, se para el mundo».

«El Día Internacional de la Mujer es una fecha que se celebra en muchos países del mundo. Cuando las mujeres de todos los continentes, a menudo separadas por fronteras nacionales y diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, económicas y políticas, se unen para celebrar su día, pueden contemplar una tradición de no menos de noventa años de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo.»

Naciones Unidas

La situación de las mujeres ha cambiado mucho, y sigue cambiando con el paso del tiempo, pero aún queda mucho recorrido para conseguir la igualdad real con los hombres en muchas facetas de nuestras vidas. Si nos remontamos unos cuantos años atrás, llegamos a los tiempos en los que tiene lugar la historia de Las chicas del coro, de Jennifer Ryan, la historia de unas mujeres capaces de salir adelante, fuertes, trabajadoras e independientes, cuando los hombres estaban luchando en la II Guerra Mundial. Ellas mejor que nadie ejemplifican el lema «Si paramos nosotras, se para el mundo»:

«Mujeres cambiando ruedas, limpiando ventanas, arreglando tejados, ¡llevando pantalones, por amor de Dios! […] ¿Qué tenían que perder? Las mujeres hallaron un nuevo poder en la sociedad a través del trabajo debido a la falta de hombres.»

En Las chicas del coro, la autora rinde un homenaje a esas mujeres y, especialmente, a su abuela. Hoy, 8 de marzo, para celebrar el Día Internacional de la Mujer, compartimos con todos vosotros y vosotras este texto de Jennifer Ryan:

La inspiración tras Las chicas del coro

por Jennifer Ryan

«El hilo conductor del libro proviene de distintos lugares, todos convergiendo, como una telaraña, en un mismo lugar, en un momento en el que empecé a pensar en escribir una novela. Fue como un fogonazo en mi mente, basado en todo lo que había leído, los detalles extraordinarios que ya conocía… pero por encima de todo, las maravillosas historias que me había contado mi maravillosa abuela.

Crecí teniendo a mis dos abuelas. A una la llamábamos la Abuela Shakespeare, porque comentar con nosotros cada tragedia con nosotros se había convertido en su misión. Por otro lado, la Abuela Alegre siempre estaba dispuesta a unas risas y una ginebra rosada, a ponerse los tacones altos y un vestido bonito. Esta encantadora y cariñosa mujer compartió sus emocionantes –y a veces escandalosas– historias sobre la guerra, dándoles vida: los domingos en la iglesia llena de cotilleos, sin un hombre a la vista; los apagones que hacían imposible ver algo en la calle por la noche, chocarte con la gente y disculparte educadamente; los tenderos preguntándote si querías algo más de la trastienda…

Mujeres cambiando ruedas, limpiando ventanas, arreglando tejados, ¡llevando pantalones, por amor de Dios! Las reuniones, los remiendos, la costura. El canto. El corazón de este libro se basa en las historias de la Guerra de mi abuela, cómo las mujeres se hicieron más fuertes en el proceso de tener que trabajar y mantenerse unidas. Me explicó, en su tono alegre e ingenioso, cómo las mujeres pudieron escapar con mucho más y con mucha más bravuconería –después de todo, todo el mundo se enfrentaba a la muerte o la invasión. ¿Qué tenían que perder? Las mujeres hallaron un nuevo poder en la sociedad a través del trabajo debido a la falta de hombres. De repente podían tomar sus propias decisiones, podían ver algo más allá de las cuatro paredes de su casa, uniéndose para mantenerse fuertes.

Las historias de mi abuela normalmente incluían anécdotas graciosísimas en las calles oscuras durante los apagones, o en los refugios antiaéreos, con todo el mundo apiñándose y haciendo bromas o cantando. El sexo se volvió algo más abierto y casual –nadie sabía si estarían vivos al día siguiente, así que ¿por qué preocuparse por salvar sus almas? Los embarazos no deseados no eran algo raro, las aventuras amorosas tampoco, y mi abuela sabía exactamente cómo contar aquellas historias para conseguir el mejor efecto. Las reuniones secretas, la pasión desenfrenada. Ser descubiertos por un vecino entrometido que siempre estaba a la vuelta de la esquina.

La Abuela Alegre también formaba parte de un coro, y nos contaba historias desternillantes sobre lo mal que lo hacían: incluso perdieron un concurso de villancicos porque estaban resfriadas y en vez de cantar “Ding Dong Merrily on High”, sonó “Dig Dog Merrily on High.”¹ Nos contó lo populares que eran los campeonatos de villancicos durante la guerra para mantener alto el espíritu. Y así fue como comenzaron su andadura Las chicas del coro de Chilbury.  Recuerdo las historias en las que mi abuela se aseguraba de que cada hombre que se cruzara se girase a mirarla, sacudiendo su melena y vistiendo de punta en blanco. Cómo los mantenía a todos colgados de ella y conseguía acabar sin tener ningún problema.»

Feliz día y feliz lectura


¹. En inglés, “ding dong” es la onomatopeya que representa el sonido de las campanas, mientras que “dig dog” significa “excava perro”.

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